Según la teoría del Análisis Transaccional (AT) formulada por Eric Berne, cada uno de nosotros tenemos un guión de vida; un destino preestablecido, pero que no es fijo ni inmutable. Es un plan inconsciente que desarrollamos desde el momento en el que nacemos, dirigiendo nuestras decisiones y nuestro comportamiento y siendo así, en muchas ocasiones, el responsable de que tropecemos una y otra vez con la misma piedra. Este guión lo elaboramos durante la infancia, donde en base a los mensajes parentales y normas culturales, buscamos tomar un papel que se adapte a todo ello, con el fin de ser aceptados y, por tanto, de nuestra supervivencia. Por ejemplo, una persona que ha recibido constantemente el mensaje “si no eres perfecto, no serás aceptado”, podría como resultado desarrollar un guión que la lleve a ser extremadamente perfeccionista en todas sus actividades. Esto mismo podría provocar que la persona evitase situaciones en las que no tenga garantizado un resultado perfecto, reforzando así la creencia en la persona de que solo es valiosa si todo lo que hace es perfecto, perpetuando su guión de vida de que “la imperfección es inaceptable”.
A medida que crecemos y nos convertimos en adultos, difícilmente hemos llegado a realizar algún acto en contra de nuestro guión, pues nos sentimos fuertemente amenazados para no hacerlo. Pero, ¿de qué se trata esta amenaza? ¿de dónde viene ese peligro percibido que nos impide actuar? Cuando éramos pequeños, el peligro era proveniente del exterior: los mandatos y los padres; si nos oponíamos a los mandatos, obtendríamos la todopoderosa reacción de los padres, quedando así condicionada la opción de salirse del guión, siendo entonces la amenaza proveniente de nuestro interior. Esta amenaza se conoce como el perro guardián del guión.
El perro guardián es el depositario de nuestros mandatos y quien los ancla con firmeza a una amenaza subyacente. Cuando nos encontramos ante una situación donde bien podríamos salir del guión, el perro guardián nos gruñe, ladra o incluso nos llega a morder, haciéndonos sentir la culpa, la angustia o la catástrofe que supondría incumplir ese mandato, el cual tenemos tan arraigado en nuestras profundidades. Esta sensación se puede manifestar como inquietud o nerviosismo al pensar en un cambio, en pesadillas que nos muestran el fracaso, incluso puede llegar a presentarse como un miedo irracional a sufrir accidentes, desastres o incluso en la muerte si nos alejamos del guión.
Ahora bien, ¿cómo podemos derrotar a nuestro perro guardián? El primer paso, por supuesto, será tomar consciencia de su existencia y, más adelante, de los enemigos naturales de éste: la intimidad -donde podemos conocernos a nosotros mismos y sentirnos dignos y aceptados- y la cooperación -donde nos sentimos útiles y con capacidad de cambio-. Intimidad y cooperación nos ayudarán a sacar a la luz nuestros diálogos interiores, junto a las amenazas, miedos y desvalorizaciones que nos mantienen presos de nuestro guión. Comprendido ésto, por mucho que nos gruña y susurre que no somos capaces o que no valemos, será entonces cuando podremos enfrentarlo, sabiendo que para ello es posible que debamos evitar a los perros guardianes de otras personas, que también estarán acechándonos desde las profundidades.
Pablo Banski

