En terapia, uno de los procesos de transformación más complejos y potentes ocurre cuando las personas empiezan a darse cuenta de que muchos de sus miedos, formas de actuar, creencias, angustias o decisiones no proceden tanto de su libertad individual como de un guión antiguo, aprendido en la infancia.
Desde el Análisis Transaccional, Eric Berne describe cómo estos guiones de vida se construyen muy pronto, a partir de mensajes explícitos e implícitos que el entorno familiar transmite. Estos mensajes se convierten en estándares internos sobre quienes deberíamos ser y cómo deberíamos vivir.
Expectativas y guión de vida: cuando lo aprendido parece elección
Berne señala que uno de los elementos que da comienzo a estos guiones, y que puede llegar a ser profundamente influyente, son las expectativas.
Podemos entender las expectativas como anticipaciones internas sobre:
- qué es aceptable y qué no,
- cómo debemos comportarnos,
- qué está permitido desear,
- qué es esperable de los demás y de nosotros mismos.
Estas expectativas suelen pasar desapercibidas porque se viven como decisiones personales o como simples aprendizajes que hemos ido haciendo “con el tiempo”. Sin embargo, en terapia vemos que con frecuencia son herencias emocionales, ligadas a mandatos familiares, mensajes tempranos y experiencias significativas.
El origen temprano de los mandatos: antes incluso de nacer
La construcción de estas expectativas puede empezar incluso antes del nacimiento. En cuanto se conoce la llegada de un bebé, aparecen múltiples escenarios posibles:
- Quizá ese hijo o hija viene a darle sentido a la vida de los padres.
- Tal vez llega para salvar el matrimonio o reforzar un proyecto vital.
- Puede ser el bebé muy esperado que viene a cumplir un deseo de continuidad, o el que no estaba previsto.
En cualquiera de estos casos, ese bebé —que aún no ha nacido— ya tiene un rol asignado en la familia. Además, los padres pueden fantasear con cómo les gustaría que fuese: que tenga éxito como la abuela, que sea médico como el padre, que no sufra lo que sufrió la madre, etc.
Todas estas ideas preconcebidas marcan el comienzo del guión de vida que cada individuo va a tener. El niño o la niña va a ser recibido por un sistema de expectativas que le envía mensajes claros —aunque muchas veces implícitos— sobre cómo debería ser, qué está bien y qué se espera de él o de ella.
Estos mensajes se reconocen en la manera en que el bebé y, más adelante, el niño o la niña, es tratadx por sus figuras de referencia: en el lenguaje verbal, en los gestos, en lo que se valora, en lo que se castiga y en lo que no se nombra.
Profecía autocumplida
Con el tiempo, estas expectativas se integran en la persona y funcionan como una profecía autocumplida:
- influyen en las decisiones que toma,
- moldean su manera de percibir el mundo,
- refuerzan una y otra vez el mismo patrón de pensamiento y de conducta.
Estas expectativas pueden entenderse como una combinación de creencias nucleares (“no valgo si no logro algo extraordinario”, “debo cuidar siempre de los demás para que me quieran”), esquemas de pensamiento y distorsiones cognitivas (como el pensamiento dicotómico, la sobregeneralización o la lectura del pensamiento).
En la práctica clínica, esto se observa en:
- pensamientos automáticos del tipo “no puedo fallar”, “tengo que ser fuerte”, “si digo que no, me rechazarán”
- conductas evitativas, como no expresar necesidades propias para no decepcionar, o renunciar a proyectos personales por miedo a romper el mandato familiar
- sentimientos de culpa, angustia o vergüenza cuando la persona se plantea hacer algo diferente a lo esperado.
Estas dinámicas no sólo generan sufrimiento, sino que limitan la capacidad de vivir desde la autenticidad. La persona siente que no termina de ser libre para elegir.
El trabajo terapéutico: hacer visible lo invisible
En terapia, el abordaje del guión de vida y de las expectativas asociadas pasa por varias fases.
El primer paso es hacer consciente lo invisible. Cuando la persona logra identificar qué mandatos han guiado su vida (“sé perfecta”, “no molestes”, “salva a otros”, “no sientas”, “no confíes”), puede empezar a comprender cómo estos han moldeado su historia.
Este momento suele vivirse como un “abrir los ojos”:
- aparece alivio al entender que no todo es “culpa suya”
- se reconoce que muchas decisiones han estado condicionadas por esos guiones
- surge la posibilidad real de cambio, al dejar de repetir automáticamente lo que antes se hacía de forma inconsciente.
Este trabajo se aborda combinando el análisis del guión con herramientas como el registro de pensamientos automáticos, la identificación de creencias irracionales y el inicio de la reestructuración cognitiva (cuestionar y reformular esas ideas).
En una segunda fase, el trabajo terapéutico se centra en revisar el origen del mandato y cuestionar si sigue siendo útil en el presente.
En este proceso es clave preguntarse:
- ¿Quién decía esto, explícita o implícitamente?
- ¿De qué creía que me protegía este mandato?
- ¿Qué consecuencias ha tenido en mi vida, mis relaciones, mi salud mental y mi bienestar?
Lo que pudo ser una estrategia adaptativa en la infancia —por ejemplo, ser “el fuerte” para no preocupar a unos padres desbordados— puede que hoy genere más dolor que protección.
Elegir qué mantener y qué soltar
Tras este recorrido, la persona puede empezar a elegir:
- no tanto desde las expectativas que le han impuesto,
- sino desde la libertad de decidir qué mandatos quiere mantener y cuáles necesita soltar.
Este paso le permite pasar:
- de la obligación a la elección,
- del miedo a la autonomía,
- del “tengo que” al “elijo”.
Reescribir, no borrar: una historia propia y consciente
La finalidad de este proceso no es borrar la historia de vida de nadie, sino reescribirla desde un lugar más consciente y propio.
Cuando las expectativas dejan de ser rígidas y se transforman en referencias flexibles, resurge la posibilidad de:
- relacionarse con uno mismo desde el respeto y la aceptación,
- vincularse con los demás de forma más libre y coherente,
- vivir de acuerdo con los valores actuales y no sólo con los mandatos heredados.
En definitiva, el trabajo en terapia ayuda a pasar del mandato a la elección, permitiendo que cada persona ocupe el lugar de autora y protagonista de su propia vida, con mayor autonomía, responsabilidad y bienestar emocional.
Lucía de Francisco
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