Hay experiencias vitales a las que a veces cuesta poner palabras o encontrar comprensión por parte del entorno. El embarazo, el parto, el nacimiento de un hijo o una hija o una pérdida gestacional suelen vivirse rodeados de expectativas, consejos y relatos idealizados. Sin embargo, muchas mujeres atraviesan estos momentos acompañadas de emociones para las que parece no haber espacio: soledad, miedo, ambivalencia, culpa, tristeza o incluso la sensación de estar viviendo algo muy distinto de lo que esperaban o de lo que les habían contado.
Cuando esto ocurre, es frecuente pensar que «algo falla». Pero ¿y si el problema no fuera sentir esas emociones, sino el escaso espacio que nuestra sociedad deja para expresarlas?
Desde la psicología perinatal sabemos que muchas de estas vivencias no indican necesariamente la presencia de un trastorno psicológico. En numerosas ocasiones son respuestas comprensibles a una experiencia vital intensa, atravesada por cambios físicos, emocionales, relacionales e identitarios, pero también por las exigencias, los mandatos y las desigualdades que siguen configurando la experiencia de la maternidad. Comprender el malestar desde este marco nos permite dejar de interpretarlo únicamente como un problema individual y empezar a preguntarnos también por el contexto en el que aparece.
La maternidad, tanto cuando culmina con el nacimiento de un bebé como cuando se ve atravesada por una pérdida gestacional o perinatal, suele ir acompañada de una enorme atención hacia el embarazo, el recién nacido o la propia pérdida. Sin embargo, con frecuencia la mujer desaparece del centro de los cuidados y de las miradas precisamente en el momento en que más apoyo necesita. En ocasiones, esta ausencia de mirada también termina instalándose en la forma en que las propias mujeres se relacionan consigo mismas, relegando sus necesidades y su bienestar a un segundo plano. Ese desplazamiento de la mirada hacia el cuidado ajeno constituye uno de los escenarios donde la culpa encuentra más fácilmente la forma de instalarse.
La gestación, el parto y el posparto suponen una adaptación intensa a nivel físico, hormonal, emocional y relacional. Al mismo tiempo, la identidad continúa reorganizándose. Ya no soy solo hija, pareja, hermana, amiga o trabajadora; ahora también soy madre. Y con ese nuevo lugar aparecen expectativas, responsabilidades y preguntas sobre quién debería ser y cómo debería ejercer ese rol.
En su libro Los hijos que fuimos, los padres que somos, Beatriz Cazurro explica cómo aprendemos a ser madres y padres después de haber sido previamente hijas e hijos. Es decir, llegamos a este nuevo lugar con un conjunto de aprendizajes, experiencias y modelos de referencia que, de forma más o menos consciente, nos indican cómo creemos que deberíamos maternar o, en ocasiones, cómo no queremos hacerlo para alejarnos de aquello que vivimos en nuestra propia historia.
Este proceso puede hacer que la maternidad se viva desde un cuestionamiento constante. ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Estoy siendo la madre que mi hijo o hija necesita? ¿Por qué siento esto si se supone que debería estar disfrutándolo? Son preguntas que muchas mujeres comparten y que, sostenidas en el tiempo, pueden convertirse en una importante fuente de agotamiento emocional.
Además, ser madre hoy no es lo mismo que haberlo sido hace diez o veinte años. La realidad social, económica y política cambia constantemente, y los modelos heredados no siempre encuentran un lugar sencillo en las condiciones de vida actuales.
En ¿Dónde está mi tribu?, Carolina del Olmo sitúa precisamente la maternidad en este contexto histórico. Describe una sociedad cada vez más individualizada, donde las redes de apoyo se han ido debilitando y donde muchas familias afrontan la crianza con escasos recursos comunitarios. Al mismo tiempo, reflexiona sobre el legado de generaciones anteriores de mujeres que, en la conquista de derechos fundamentales como el acceso al empleo o la independencia económica, asumieron también una doble o incluso triple jornada de trabajo, combinando el empleo remunerado con el peso mayoritario de los cuidados y las tareas domésticas.
Todo ello configura el escenario en el que hoy muchas mujeres intentan maternar. Un escenario donde las dudas, la soledad, la ambivalencia o la culpa encuentran un terreno fértil y que, en ocasiones, puede favorecer la aparición de ansiedad, depresión posparto, otros problemas de salud mental perinatal o distintas formas de malestar psicológico y físico.
La culpa merece una reflexión especial. Solemos vivirla como una emoción íntima, como si hablara exclusivamente de nuestra manera de ser o de nuestra forma de maternar. Sin embargo, diferentes autoras feministas llevan décadas invitándonos a ampliar la mirada. Adrienne Rich ya diferenciaba entre la experiencia de ser madre y la institución de la maternidad, señalando cómo esta última impone ideales y expectativas prácticamente inalcanzables para las mujeres. Más recientemente, autoras como Esther Vivas han mostrado cómo el modelo de maternidad intensiva continúa situando a las madres como principales responsables del bienestar de sus hijos e hijas, incluso en contextos donde las condiciones materiales y las redes de apoyo hacen muy difícil sostener esos ideales.
Desde esta perspectiva, la culpa deja de entenderse únicamente como una emoción individual para convertirse también en un fenómeno social. Cuando una mujer siente que cualquier necesidad propia entra en conflicto con el cuidado de los demás, es mucho más probable que renuncie a ella sin necesidad de que nadie se lo imponga de forma explícita. En este sentido, la culpa actúa como un potente mecanismo de regulación social que contribuye a mantener determinados mandatos de género y un modelo de cuidados que continúa descansando, en gran medida, sobre las mujeres.
Como plantea también Silvia Federici al analizar la historia de los cuidados, cuanto más se presenta el cuidado como una expresión «natural» del amor femenino, más difícil resulta reconocer el esfuerzo, el desgaste o la ambivalencia que puede acompañarlo sin sentir que se está fallando como madre. Así, experiencias tan humanas como el cansancio, la necesidad de descanso, el deseo de recuperar espacios propios o la frustración terminan interpretándose con demasiada frecuencia como un fracaso personal, cuando en realidad también hablan de las condiciones sociales en las que hoy se ejerce la maternidad.
Comprender la culpa desde esta mirada no significa restar importancia al sufrimiento, sino dejar de atribuirlo exclusivamente a las características individuales de cada mujer. Significa reconocer que muchas veces el malestar no nace solo de lo que una madre siente, sino también de aquello que se espera de ella.
Por eso, durante este proceso de reorganización de la identidad resulta importante detenerse a observar cuáles son los mandatos que se han interiorizado, qué modelos de maternidad están funcionando como referencia, cuál es el contexto concreto en el que cada mujer está intentando criar y qué emociones o necesidades no han encontrado todavía un espacio seguro para ser nombradas.
En Landana Terapia, nuestra consulta de Tres Cantos es frecuente escuchar frases como:
«Quiero ser una madre diferente a la mía, pero no sé cómo hacerlo.»
«Quiero tener espacios de autocuidado, pero me siento mal cada vez que dejo de priorizar las necesidades de los demás.»
«Quiero trabajar, cuidar de mi hijo/a, mantener la casa, hacer deporte, estar presente y hacerlo todo bien, pero siento que no soy capaz de llegar a todo»
«Quiero poner límites y expresar lo que necesito, pero me cuesta hacerlo o me da miedo lo que puedan pensar.»
«Quiero sentirme comprendida, pero no sé si la que está equivocada soy yo.»
Acompañar estos procesos desde la terapia psicológica no implica buscar una maternidad perfecta ni eliminar todas las emociones difíciles. Implica ofrecer un espacio donde comprenderlas, reconocer de dónde vienen, cuestionar aquellos mandatos que generan sufrimiento y construir una forma de maternar más conectada con la propia realidad que con los ideales impuestos.
En Landana Terapia entendemos la salud mental perinatal desde esta mirada amplia, donde la historia personal, las relaciones y el contexto social forman parte del mismo proceso. Si buscas una psicóloga o un psicólogo especializado en embarazo, posparto o duelo perinatal en Madrid o Tres Cantos, la terapia psicológica puede convertirse en un espacio desde el que atravesar estos cambios con mayor comprensión, cuidado y acompañamiento. Busca apoyo de profesionales con mirada feminista. Porque cuidar la salud mental durante la maternidad también significa reconocer que ninguna mujer debería tener que sostenerla en soledad.
Vanesa Álvarez

