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Landana Terapia

Sobre la belleza


Israel Sánchez es psicólogo y licenciado en Bellas Artes. Ha dedicado su vida a reflexionar sobre las relaciones interpersonales y a proponer alternativas capaces de trascender algunos de sus conflictos más difíciles. Nos conocimos hace un par de años, entre copas de vino y conversaciones sobre feminismo, y desde entonces hemos cruzado ideas, lecturas y obsesiones: los celos, la literatura y la escritura, la psicoterapia feminista, las mariposas y, por supuesto, las relaciones humanas. Ahora trabajamos juntas en Landana terapia, la clínica de psicología que yo dirijo en Tres Cantos y hoy volvemos a conversar. Esta vez, sobre la belleza.

Ana: Cuando hablamos de belleza, parece que hablamos de algo evidente, casi inmediato. Sin embargo, en cuanto intentamos definirla, todo se complica. Voy a empezar por preguntarte lo que te preguntaría Sócrates si estuviera aquí ahora mismo hablando con nosotras: ¿qué es la belleza? ¿La belleza es una muchacha bella?

Israel: Eso es lo que contesta Hipias como punto de partida, y luego Sócrates lo irá corrigiendo. A mí me gusta porque expresa muy bien dos ideas. La primera es que lo primero a lo que referimos el concepto de belleza tiene que ver con la atracción sexual, con señalar cuerpos; no paisajes ni estéticas de interés secundario. La estética originaria es la de las personas. La segunda idea que expresa brillantemente es que se trata de una definición circular porque estamos ante un concepto intersubjetivo: la belleza es una muchacha bella; la belleza es la belleza. ¿Qué es la belleza? Aquello que yo digo que es la belleza, aquello que se está diciendo que es la belleza. Entonces, lo que tengo que saber no es qué es bello con respecto a unos parámetros que se pueden traducir visualmente, sino a quién se está llamando bello para poder lanzarme a su conquista. Esa es la verdadera relación con la belleza. Después Sócrates irá introduciendo el deber ser. Sí, es bello lo que decidimos que es bello. Pero las razones por las que lo decidimos, ¿son buenas? ¿Funcionan? ¿O tenemos el gusto desorientado?

Ana: A mí me interesa, precisamente, cómo la construimos y si podemos elegir, de alguna forma, lo que nos parece bello. Te he escuchado hablar sobre esto y me interesa aquello que favorece que aparezca, o se mantenga, el deseo erótico por otras personas. Una de esas cosas que favorecen el surgimiento del deseo es, precisamente, considerar a la otra persona bella, guapa, atractiva.

Israel: En mi opinión, efectivamente, el gusto es modificable, y lo que entendemos como bello puede transformarse mediante intervenciones adecuadas.

Creo que hay pruebas por todas partes de que nuestros gustos cambian. Pueden adaptarse, y lo hacen, a aquello que poseemos y, sobre todo, a aquello a lo que podemos aspirar. Al mismo tiempo, recibimos un mensaje erróneo y radicalmente desempoderante: que lo que consideramos bello reposa sobre un sustrato inamovible. La causa de esta contradicción con la que nos hacemos daño es que no tenemos una estrategia organizada para transformar nuestro gusto. Nos encontramos con variaciones del gusto, resultado de coyunturas individuales, que se transforman constantemente, generando un caos ingente, un gris neutro general. Por eso nuestro sentido del gusto es muy heredero y muy parecido al sentido del gusto que hemos tenido siempre. Dentro de esa continuidad, sin embargo, podemos detectar modificaciones puntuales eficaces, modificaciones que funcionan de manera sistemática pero que nunca, como decía, hemos organizado con el objetivo de conseguir un gusto más funcional.

De modo que la respuesta, como a cualquier otra pregunta, es: sí, podemos.

Ana: Cuando dices que ha habido modificaciones puntuales, ¿te refieres a que en determinados momentos se ha considerado bonito cierto tipo de cosas, de personas, de objetos, de colores o de paisajes, y a que todo eso cambia? Porque, efectivamente, se defienden algunos ideales de belleza como si fueran naturales, objetivos o universales. Sin embargo, esos ideales cambian según la época, la cultura, la clase social… Cambian en el ciclo largo y sabemos que también cambian en el ciclo corto. Si nos fijamos en la moda, por ejemplo, las estrategias comerciales consiguen modificar nuestro gusto por las prendas de vestir, sus colores, sus formas… y esto nos pasa cada temporada, es decir, varias veces al año. ¿Qué claves nos da esa variabilidad sobre la fragilidad de nuestros criterios estéticos?

Israel: El ejemplo cliché es el de las mujeres de Rubens. En determinado momento histórico parece que había un índice de masa corporal considerado bello diferente al que consideramos bello hoy. Yo creo que un movimiento tan significativo puede ser una excepción porque, como digo, la evolución antes y después es caótica y tiende a retornar a determinados centros gravitatorios. Pero es una excepción célebre que nos demuestra que el cambio es posible.

Lo que pasa es que ninguna sociedad se ha planteado nunca como objetivo que el canon de belleza se derive del índice de masa corporal saludable. Ninguna sociedad lo ha intentado. Pueden llegar a planteárselo personas, grupos profesionales, microgrupos sociales amistosos, familiares o de afinidad, pero no podemos decir que hayamos fracasado en el intento de controlar culturalmente lo que nos parece bello, porque nunca lo hemos intentado. Eso sí sucede en otros espacios de la estética. Ahí sí ha habido cambios drásticos, y los gustos han cambiado también drásticamente.

Ana: ¿A qué otros espacios te refieres y por qué ha habido grandes variaciones ahí? ¿Crees que en esos otros espacios de la estética sí ha habido estrategias?

Israel: No ha habido estrategias, pero sí cambios generales que transformaban casi por completo el objeto de culto. Un ejemplo muy claro es el del cultivo del gusto por lo tecnológico, los constructivismos, las estéticas geométricas y de lo manufacturado, que tenían que ver con la industrialización de nuestros paisajes. O, a la inversa, al gusto por lo sublime: la naturaleza titánica, salvaje e irreductible como respuesta a la supuesta vanidad humana que se deleitaba en esa producción propia. Esos dos extremos habían quedado fuera del gusto general hasta la Revolución Industrial y, sin embargo, desde entonces se incorporan a nuestro gusto canónico. Después vuelven a modificarse, pero para entonces ya han producido cambios perfectamente radicales.

En el mundo de las artes plásticas, la literatura y, en general, en toda la estética que no se refiere al cuerpo humano o a la estética de las personas, los cambios son extremos. ¿Por qué? Porque no había un plan aplicado sobre la estética, pero la estética estaba hablando de un mundo que había cambiado de manera muy profunda. Las personas, sin embargo, seguían siendo más o menos las mismas; por eso su estética también lo era.

Ana: Cuando intentamos explicar por qué algo es bello, nuestras explicaciones —salud, juventud, proporción, fertilidad…— siempre acaban haciendo aguas, porque encontramos excepciones, contradicciones e intereses ideológicos. ¿Por qué resultan tan inconsistentes las tentativas de fundamentar nuestros cánones estéticos?

Israel: Porque del mismo modo que no tenemos plan de politización, tampoco tenemos plan de conceptualización. No nos lo preguntamos de verdad. No desde el pensamiento crítico. No repreguntamos. Hacerlo sería reconocer la arbitrariedad del juicio estético y, por tanto, lo trivial de su valor. Y ese valor, como todo el mundo sabe, cotiza. Si tengo algo bello, quiero poder decir que lo es por razones incontestables, no porque está asociado a determinadas cosas beneficiosas de las que podría desasociarse.

Un ejemplo: si tengo unas manzanas grandes y brillantes que puedo vender caras porque lo grande y brillante está asociado a la superioridad entre iguales y por tanto es experimentado como bello, no me conviene que se descubra que no tienen sabor y que el brillo es artificial. Cuando eso se sepa, esos rasgos asociados a lo bello se desasociarán, y leeremos la grandeza y el brillo como rasgos de fealdad. El mercado del arte es un buen reflejo de esto. La manera de que una obra de arte conserve su valor como inversión es que se siga diciendo de ella que contiene belleza. Hay otros factores, pero este es el que los sintetiza todos. Si preguntas a un coleccionista qué diferencia un Warhol caro de uno barato te dirá cosas perfectamente triviales como que debe incluir el color azul, es decir, empleará mecanismos de identificación a partir de los cuáles recreará la sensación de belleza. Y se la creerá, es decir, la sentirá.

Ana: Antes has hablado de moral. ¿Qué tiene que ver la belleza con la moral?

Israel: Todo. Continuemos con el ejemplo de las manzanas. Si la belleza de las manzanas es moral porque influye sobre el destino de las manzanas y, por tanto, aunque sea levemente, sobre la vida de las personas, imagina la influencia que tiene la belleza de las propias personas. Ahora que sabemos que tenemos libertad sobre ella, que podemos elegirla y, a partir de nuestra elección, construirla, emerge como una cuestión moral inmediata y de primera magnitud.

El siguiente problema moral ineludible es cuánto podemos aumentar nuestro poder sobre la belleza. Desde los razonamientos que estamos manejando concluimos que tenemos algún poder, pero podemos adivinar fácilmente que no es tan grande como quisiéramos. Toda la libertad que no consigamos conquistarle a la belleza será un bien que no podremos llevar a cabo. De modo que no solo tenemos que intervenir donde podemos hacerlo, sino que debemos esforzarnos por ampliar el marco de intervención y mejorar nuestras herramientas para ajustar nuestro gusto a lo que creemos que debe gustarnos.

Ana: Entonces, para que quede bien atada la idea: ¿la belleza se vuelve una cuestión moral precisamente porque es mudable? Si no pudiéramos tocarla, solo podríamos padecerla; pero, si cambia y podemos intervenir en ella, ¿tenemos alguna responsabilidad sobre lo que decidimos seguir llamando bello?

Israel: Exactamente. Cada vez que descubrimos que podemos influir sobre algún aspecto de nuestro gusto, descubrimos a la vez que tenemos la obligación de hacerlo.

Ana: Antes me ha dado la sensación de que planteabas más confianza en poder intervenir si se hace desde lo social, desde grandes grupos, alcanzando un consenso sobre qué se puede considerar bello. Pero yo no sé, en el plano individual, si esto te lo has preguntado; incluso a lo mejor tienes, sabes o has probado técnicas, maneras de influir sobre el gusto propio. ¿Cuánto margen individual crees que tenemos para intervenir?

Israel: El margen individual lo conocemos más. Hasta cierto punto, hemos experimentado con nuestra agencia en él. Hablo de margen plenamente individual: personas aisladas en los objetivos y en las intervenciones. Personas convenciéndose a sí mismas de que, por razones morales o no, les gusta algo que antes no les gustaba, o a la inversa.

El problema de la intervención individual no es solo que carece de la herramienta fundamental que connotaba Hipias, la opinión de la otra persona, sino que esa otra opinión acude expresamente a deshacer su trabajo. No se trata solo de que no dispongo de nadie más para decirme que es bella la muchacha que yo creo que debe ser considerada bella, sino de que el mundo me está presentando constantemente a otras como más bellas que la que yo designo. Por cierto, sin querer acabo de resumir en dos frases el problema del gamos, es decir, de las relaciones de pareja en todas sus formas.

Volviendo a la pregunta por lo colectivo: todos los discursos que enuncian lo bello influyen en su determinación. Los que tienen más voz influyen más y los que tienen menos voz influyen menos. La pregunta sobre si necesitamos una coordinación macrosocial o podemos abordar el problema individualmente obvia que nuestra agencia no está en ninguna de esas dos formas extremas de organización. Nuestra agencia, nuestra libertad, está en la coordinación entre sujetos: primero en grupos pequeños y después en grupos mayores, que deben buscar crecer para maximizar su poder y generar espacios con suficiente fuerza inmersiva como para que el gusto se independice de la influencia macro.

Eso no lo hemos trabajado. Por supuesto, lo hemos hecho con una persona que decide que quiere que su pareja, o ella misma, le resulte atractiva; a veces procurando transformar su gusto de manera muy estructurada, en terapia, por ejemplo. Pero nunca tiene una amistad para eso, nunca tiene una compañera que la apoye en ese sentido de una manera comprometida y consistente, porque no hay una propuesta a la que recurrir. El beneficio que una persona busca al modificar el valor estético de su pareja va en detrimento del valor estético de la pareja de la amiga que debería colaborar en esa modificación.

No hay una estética común porque no hay una ética común sobre la estética. Por tanto, la fuerza de cada sujeto es muy pequeña y está contrarrestada por quienes lo rodean. Más allá de lo que influye la publicidad, estoy siempre rodeado de otras personas que luchan porque su propio valor crezca y se benefician de que el mío disminuya.

Ana: A veces sí hay otra persona. Estoy pensando en mujeres que deciden valorar el cuerpo de la mujer tal cual es y no luchar contra la celulitis, contra las formas femeninas o contra la distribución de la grasa corporal en el cuerpo femenino. O en todas esas mujeres que ahora deciden dejar de teñirse el pelo y aceptar que la belleza puede estar también en tener canas y llevar el pelo gris. Ahí sí hay cierto acompañamiento. A lo mejor no de personas muy conocidas para todo el mundo, y no es algo muy estructurado, pero sí se convierte en una tendencia. Puede ser minoritaria, pero está ahí. ¿Eso podría ser una forma?

Israel: Sí, y creo que funciona. Pero lo que describes es poca cosa en el sentido de que está muy lejos de estructurar una estética. Es solo la lucha contra una conducta determinada que resulta alienante o dañina, como tener que teñirse el pelo sistemáticamente. Cuando eso se intenta, creo que lo normal es que se triunfe, que se tenga éxito, si hay un mínimo de colectivo.

El problema es que no hay confianza suficiente, o no hay estructuración intelectual suficiente, sobre la relación entre estética y ética, como para decir: vamos a convertir esto en un modelo de condición humana, en un modelo de cuerpo y en un modelo de afecto y reconocimiento hacia ese cuerpo. Ese proyecto no lo encontramos en ningún sitio. Si se llevara a cabo, el cambio sería asombroso.

Ana: Ya, pero ahí hace falta el consenso de una parte de la población que jamás va a…

Israel: Hace falta que las amistades, las personas afines, dejen de luchar entre sí. Hace falta que todo el mundo diga: bueno, ¿cuál es el peso que vamos a elegir? ¿El de esta persona que hoy se considera obesa, el de esta persona que se considera demasiado delgada, o el de esta persona que está obteniendo beneficio del reconocimiento público porque coincide con criterios normativos? Es muy probable que esta última no vaya a suscribir el proyecto, sino que considere a sus supuestas afines como enemigas. Reivindicará el gusto normativo y será una traidora dentro de la lucha.

Por eso es necesario que el compromiso sea plenamente ético. Es decir, que nos entendamos como colectivo y reflexionemos sobre qué es lo bueno para ese colectivo. Yo tengo que hacer un sacrificio. Vamos a ir hacia un peso concreto, un IMC concreto que entendamos que es más saludable, que se adapta a cada constitución o a lo que sea, pero que tiene que ver con la vida buena. Independientemente de que yo esté reduciendo mi valor individual, necesito entender la ganancia como aumento del valor del colectivo al que pertenezco. Y necesito entenderla también como pérdida de independencia: a partir de ahora, para mantener todo este poder de reconocimiento hacia mi cuerpo que proyecta el colectivo, tengo que seguir perteneciendo al grupo. Ahora formo parte de algo más grande, que me da más poder, pero en lo que me tengo que quedar, respetando las reglas, si no quiero perder ese poder.

Ana: Me pierdo un poco en esto del colectivo. No sé cómo verlo, cómo imaginarlo.

Israel: Pensemos en un grupo de trabajo sobre este tema. Ese grupo establece una estética: llega a la conclusión de que unas determinadas conductas son empoderantes para el grupo y decide incentivarlas despertando su belleza. Esa es la primera parte de la estrategia. Podemos llamarla de descubrimiento o de establecimiento de la belleza. Es lo mismo. Es establecimiento porque se trata de una belleza que antes no existía como tal, pero también es descubrimiento, despertar, porque la belleza está latente en la bondad, o en la funcionalidad, si queremos expresarlo de un modo más práctico.

Es una belleza que podemos entender, pero que aún no sentimos. Para sentirla se implementa la segunda parte de la estrategia, la más potente, que podemos llamar de objetivación interpersonal. Yo entiendo que algo es bello y que puede ser sentido como bello, pero lo que acrecienta definitivamente mi capacidad de sentirlo es descubrir que otras personas también lo consideran bello, que se comportan ante ello como ante una cosa bella. Entonces sabré que, si logro asociarme a esa cosa bella, no solo tendré mi propia satisfacción como poeta solitario, sino que experimentaré la sublimidad por antonomasia: la del empoderamiento.

Esa es una definición abracadabrante de belleza y, seguramente, una de las más precisas que podemos proporcionar: la belleza es la intuición de empoderamiento a través de los sentidos. Vemos enseguida que es coherente con usos más excepcionales del concepto, sobre entes no sensibles, por ejemplo, como las ideas. Cuando una idea nos parece bella es que estamos intuyendo en ella la capacidad de empoderarnos. Y, si es una belleza plena —es decir, no solo un atractivo, sino una belleza que nos resulta pura, noble, hermosa—, entonces ese empoderamiento parece llegarnos a través del bien o de la verdad.

Ana: Me cuesta mucho verlo con la conducta. Sigo necesitando un ejemplo total y absolutamente concreto.

Israel: No me extraña. Vamos a ayudarnos con el concepto de virtud. Pensemos en una virtud que nos parezca necesaria para nuestro colectivo como, por ejemplo, el compromiso con la verdad, eso que en la Grecia clásica se llamaba parresía, y que se diferencia de la sinceridad en que no es una indefensión ante el interrogatorio, sino una disposición activa a establecer ideas verdaderas dentro del grupo. La persona sincera actúa a corto plazo, movida por su deseo de no ser considerada mentirosa. Quien se compromete con la verdad incluye el cálculo de consecuencias y busca que, a la larga, la aproximación colectiva a lo verdadero sea la máxima posible, incluso arriesgando el crédito de su palabra.

¿Cómo podría esta virtud expresarse de forma sensible, de modo que podamos percibirla como belleza? Tendríamos que hablar de acciones bellas, claro. Y tendríamos que hablar de indicios sensibles que suelan acompañar a esas acciones bellas, como, tal vez, la sencillez. En última instancia, tendríamos que echar mano del efecto halo y atribuir belleza a las manifestaciones sensibles coyunturales del sujeto que está comprometido con la verdad. Es decir, acabaríamos viendo belleza en sus formas, fueran las que fuesen, porque intuiríamos que son el resultado de su compromiso con la verdad. De ese mismo modo el gusto normativo ve belleza en la musculatura porque intuye fuerza en ella, aunque no tenga la certeza de que esa fuerza esté presente, o de que sea funcional.

Así actúa, en la práctica, un grupo de amistades, un grupo de activistas o cualquier grupo con cierta estabilidad e interés común. El colectivo al que pertenecemos se convierte en algo importante en nuestra vida porque en él se nos reconoce más de lo que se nos reconoce fuera. Una de las razones es que ese colectivo ha sido educado, inconscientemente, en nuestra belleza específica, en la belleza de nuestra conducta.

Ana: Sí. Estaba pensando también en el ejemplo anterior, en la dificultad para entender la belleza como lo bueno. Ahora escuchamos: “esa tía está muy buena”, “ese tío está muy bueno”. Hay un consenso claro en el que todo el mundo sabe que esa persona tiene esto o lo otro: más tetas, apariencia joven, pelo largo, delgadez… Hay un consenso grande. Sin embargo, asociar lo bueno con la belleza plantea ese problema de traducción a lo visual. ¿Cómo puede percibirse la belleza del compromiso con la verdad, y en qué medida puede consensuarse? La salud no produce tipos concretos de cuerpos necesariamente reconocibles. ¿Estaríamos hablando de procesamientos más profundos del juicio estético? ¿No llevaría esto a la pérdida del consenso?

Israel: Lo has dicho muy bien: hay consenso, y solo consenso, porque no hay teoría tras el consenso. No, no creo que el consenso se pierda, sino que, como sucede en el juicio sobre las obras de arte cuando este se produce fuera del mercado, el consenso es complejo, matizado, resultado de la formación del gusto y de un análisis profundo. Ya no es la primera impresión.

Entre quienes no tienen interés por la pintura hay un consenso espontáneo relacionado con que son más bellos los colores brillantes, los colores pastel, el realismo fotográfico o la representación de objetos valiosos. Nadie que esté verdaderamente interesado en la pintura, que se responsabilice de su gusto, va a participar de ese consenso. Al contrario: va a entender que es perfectamente despreciable —y superable—, y avanzará hacia otro más rico.

Sin embargo, con la estética de los cuerpos, con la estética de las personas, nos pasa lo contrario: aceptamos el gusto más simple, incluso vulgar, como si respondiera a una objetividad evidente, y no elaboramos ninguna comprensión sobre el objeto. Podríamos alegar algo falso pero verosímil: que el gusto es más simple porque el objeto es más simple y su recepción también lo es. Pero es que ni siquiera con algo tan simple como la comida adoptamos ese criterio. Al contrario, alentamos la sofisticación y la sutileza mediante el desarrollo de una comprensión profunda del objeto estético, aunque sea una croqueta.

Me viene a la cabeza la bochornosa ocasión en que Fernán Gómez se preguntaba por qué le iban a atraer a él las mujeres cultas, y decía que a esas podía quererlas, en todo caso, para que le dieran clase una hora a la semana. Fue ejemplar, porque cualquiera que no sea un miserable, es decir, que no tenga un gusto orientado hacia antivalores, puede sentir ante esa frase que su autor pierde belleza solo por pronunciarla.

Sin embargo, sobre esto no tenemos ningún tipo de propuesta. No tenemos nada que pueda compararse, ni remotamente, con los millones de páginas que se han escrito sobre por qué es bello Las Meninas. Sobre esta obra, cuyo juicio estético es complejo, sutil y altamente conceptual, hay un amplio grado de consenso y un buen número de juicios parciales coincidentes relacionados con cosas que no son ni ligeramente evidentes. Nunca te pones delante de Las Meninas y dices: “qué bien pintado está”. Y es que ese juicio inmediato y espontáneo, aparentemente verdadero y universal, sería en realidad muy fácilmente refutable. Si te pones delante de Las Meninas y dices “qué bien pintado está”, cualquiera te puede decir: mira el siguiente cuadro, que también está muy bien pintado; pasa a la siguiente sala, y así a lo largo de cientos de pinturas solo en ese museo. Desde un juicio superficial, la belleza de Las Meninas, de la Odisea o de la Novena Sinfonía de Beethoven es totalmente relativizable. Recuerdo a un compañero de instituto, gran fan de El Señor de los Anillos, que experimentaba ante esa obra un sentimiento sublime de belleza. Al leer la Ilíada dijo, sin pudor, que lo había decepcionado. Me pareció divertido, y es paradigmático, que pensara que la Ilíada tenía que adaptarse a su gusto forjado en la obra de Tolkien, y no que su gusto debía adaptarse a la estética de la Ilíada. La consecuencia de este gusto mal formado es el peor de los desempoderamientos: la ignorancia. En este caso, nada menos que de Homero.

Como he mencionado antes al referirme a los colectivos de pertenencia, con frecuencia llevamos a cabo esta sustitución del juicio simplista por otro más elaborado cuando juzgamos a las personas cercanas, especialmente a las que queremos. Pero tenemos mucho miedo a que deje de parecernos bien el gusto normativo. Tenemos mucho miedo a perseguir valores que el mercado no vaya a reconocer.

Ana: ¿Y qué respondes a los discursos que fundamentan nuestras normas estéticas en factores objetivos?

Israel: Que son, en su inmensa mayoría, sociobiologicistas, es decir, explican la conducta humana actual a través de especulaciones indemostrables sobre qué conductas fueron adaptativas para las primeras sociedades, razón por la que habrían quedado grabadas en nuestros genes y constituirían ahora una tendencia natural irresistible.

Cualquiera de esos argumentos se refuta con facilidad si lo explicamos por razones mucho más sencillas y abiertas a la libertad. Por ejemplo, la idea de que en nuestros genes está inscrita la búsqueda de cuerpos simétricos porque connotan salud, y de que la satisfacción de ese instinto genera placer estético, es más costosa, compleja, peor que la idea de que buscamos cuerpos valiosos, sea cual sea su forma, porque los cuerpos a los que nos asociamos son indicadores de nuestro propio valor, es decir, de nuestro empoderamiento real, que en sí mismo es la máxima y más trascendente expresión y experiencia de placer. El sociobiologicismo dice que nuestro gusto está determinado por un impulso inconsciente hacia la conservación de la especie. Aquí estamos diciendo que lo está por la tendencia a aumentar nuestro poder individual, que es, seguramente, la más consciente de las fuerzas que nos mueven.

Ana: Te he escuchado hablar también del efecto halo y de cómo tendemos a atribuir a las personas que consideramos más guapas cualidades positivas, tanto morales como intelectuales. Y te he escuchado hablar de este efecto halo al revés. Quiero que me cuentes esto, que me lo cuentes bien. ¿Cómo podría funcionar esto a la inversa?

Israel: Lo que llamamos efecto halo es la asociación disfuncional entre la belleza y el bien: la atribución de cualidades buenas a lo que consideramos bello, lo que nos convierte en marionetas de la belleza. Pero yo pienso que este efecto es minoritario con respecto a su contrario, es decir, a la atribución de belleza a lo que nos parece bueno. Creo que ese es el verdadero funcionamiento del gusto, del que hablamos aquí. Y ese funcionamiento nos demuestra no solo que podemos actuar sobre el gusto y conformarlo de forma elegida, sino que así es como actúa el gusto espontáneamente: siempre a la búsqueda de lo que es bueno.

Ana: Entonces, ¿podríamos formular una definición de belleza como intuición de lo bueno? Es decir: ¿lo bello sería aquello en lo que percibimos, de manera más o menos inmediata, una promesa de bien?

Israel: Eso es. Esa sería, por cierto, la definición definitiva de Platón. Consideramos bello aquello en lo que intuimos bondad sin verla. Platón consideraba que tenemos esa cualidad de manera innata porque nuestras almas están conectadas con el bien. Era su manera casi prefilosófica de decir que, si no nos molestan, si no nos engañan, aprendemos a diferenciar intuitivamente lo bueno de lo malo, y que esta intuición se experimenta como gusto estético, como percepción de belleza. Antes lo he llevado un poco más lejos y he hablado de intuición de empoderamiento. Es una diferencia de matiz. Lo bueno lo es porque nos empodera.

Ana: Antes me decías que hay algo completamente arbitrario en considerar algo como “bello”. Arbitrario y también muy relacionado con la competición.

Israel: Arbitrario y necesario a la vez. Tenemos la belleza que resulta necesariamente del hecho de que todas las personas, efectivamente, compitamos contra todas. A la vez, esa belleza está sujeta a las contingencias de esa competición: a la constitución de los sujetos en pugna, al terreno sobre el que compiten, a la aparición de factores inesperados… Lo bello, tal y como lo entendemos, puede ser cualquier cosa y su contraria. Pero toda conducta se da en el marco de la competición, es decir, de la lucha, porque siempre hay, en mayor o menor medida, falta de consenso.

A nivel general, la belleza es el factor de más peso en la atracción interpersonal. Esto es así no solo porque es lo primero que vemos, sino sobre todo porque es lo primero que ven otras personas, lo primero que se va a ver de nuestra relación. La belleza que logremos conquistar determina nuestro puesto en el grupo formado por el alcance de la visión. Por supuesto yo no actúo así, ni tú, ni nuestrxs lectorxs, ni nuestrxs pacientes… Sin embargo alguien debe de estarlo haciendo, porque la investigación no ofrece dudas. Y luego está eso tan curioso de que quienes forman las parejas suelen tener un atractivo similar.

Ana: A mí me llama mucho la atención la relación de la belleza con la edad. La belleza está muy asociada a cuerpos y personas jóvenes. Muy jóvenes. Sin embargo, las personas con más poder social son las personas mayores, y no parecen capaces de revertir esos cánones tan establecidos ni de utilizarlos en su beneficio.

Israel: No lo parecen. Sin embargo, cuando estos cánones caen bajo el influjo directo de esas personas, se modifican profundamente. Descubrimos que el entorno de Berlusconi estuvo diciendo hasta el final que era un hombre atractivo, un hombre irresistible. Nosotras no estamos en su entorno. Para mí es muy fácil decir que Berlusconi era un señor que no obedecía a los cánones estéticos porque yo solo recibo mensajes a favor de su atractivo durante cinco segundos al mes, mientras que el resto del tiempo recibo mensajes a favor del gusto normativo. No es que no esté bajo su influencia, pero lo estoy bajo otras que la compensan. El propio Berlusconi metía en mi casa, a través del televisor, un discurso violentamente normativo sobre lo bello.

Caemos en formas de vanidad muy propias de la subalternidad que nos ha correspondido. Pensamos, por ejemplo, que a pesar de esa subalternidad, tenemos una visión no distorsionada de la vida y, en este caso, del gusto; una visión vinculada, además, a valores nobles y realistas. Es humillante aceptar que, si estuviéramos en los espacios de poder, nuestra mirada sería totalmente distinta y descubriríamos allí qué es lo que verdaderamente está moviendo el mundo. No quiero decir que fuéramos a encontrarnos con el imperio de la belleza de la tercera edad, pero sí, muy probablemente, con que la efebocracia es un problema que ellxs disfrutan y nosotrxs sufrimos.

Por lo demás, creo que cualquier edad es inmediata y absolutamente estetizable siempre que se disponga de un pequeño grupo de pertenencia en el que esa orientación del gusto se implemente. Hay que tener en cuenta, a la hora de valorar las posibilidades estéticas de los grupos no normativos, que gran parte de su fracaso en ese ámbito es resultado del abandono de la competición, que se acaba expresando en múltiples formas de autoboicot, como la falta de higiene. Sabemos que las personas que juzgamos como más bellas casualmente suelen ir más arregladas, casualmente huelen mejor, casualmente han desarrollado las habilidades que potencian aún más su belleza y que las diferencian aún más. La belleza suele ser redundante: se exagera a sí misma para parecer objetiva, porque no lo es.

Ana: ¿Tienes alguna idea de por qué dejan de competir? ¿Por qué hay gente que permite ese deterioro y se abandona un poco al no prestar tanta atención a su higiene, a su aspecto ante las demás personas, a cómo aparece?

Israel: Porque evalúan que no son eficaces en ese mercado, y ponen su esfuerzo en otros. No les merece la pena tener la piel muy suave, ponerse una pulsera, o una camisa que quede muy bien, porque esa no es una inversión compensada por los beneficios que van a obtener de ella. Algunas personas lo intentan, porque el mercado lo soporta todo, pero son las menos, y su decisión suele ser fácilmente explicable. Algunas personas incluso apuestan por lo contrario como expresión identitaria y propuesta estética, normalmente con el previsible resultado de fracaso.

Hay otra posibilidad, más curiosa, y es que hayan asentado su atractivo como un hábito, que hayan sido atractivas desde muy pronto y lo tengan tan incorporado al autoconcepto que puedan expresarlo en formas aún más imperceptibles relacionadas, por ejemplo, con la expectativa. Hay sujetos que nos están diciendo con su actitud lo normativos que son, aunque en realidad no lo sean. Aprendieron esa actitud durante el periodo en el que fueron normativos, y ahora funcionan como una estafa que, dado que la belleza es cuestión de valor de mercado, logra persuadirnos.

Es la muchacha la que dice de sí misma que es bella, pero lo hace como si simplemente reprodujera lo que han dicho otras personas. Decimos: “esta persona tiene un halo, tiene un carisma, es que es…”. Lo que le pasa es que ha ido desarrollando unas conductas que no somos capaces de analizar, pero que están señalando sobre sí misma un atractivo que todo el mundo acaba reconociendo. Son personas que parecen tener todo lo propio de la belleza, menos la belleza.

Ana: Vale. Y, en otro orden de cosas, ¿qué pasa con las personas normales que día a día erotizan y alaban como bellos rasgos que ellas no tienen ni van a tener? ¿Cómo se vive esa contradicción?

Israel: Fatal. De manera disociada y desclasada, que es como vivimos en general.

Hay dos razones principales para esa erotización, muy vinculadas entre sí. Una es que nunca terminamos de renunciar a la estética normativa porque nunca terminamos de integrar la valoración que hacemos de otras personas con la valoración que hacemos de nosotras mismas. Es decir, nos seguimos entendiendo como un ojo que solo ve, pero que no es visto. La otra es que nos entendemos además como sujetos íntimamente individuales, polizones de lo común, socialistas de la estética que conservan la secreta esperanza de dar un pelotazo. Estas razones deben ser sacadas a la luz y superadas en el espacio común.

Ana: ¿A qué te refieres con “polizones”?

Israel: A que queremos un reparto de trabajo en el que podamos permitirnos no hacer nuestra parte. Queremos que nuestro cuerpo sea aceptado y, a la vez, admitir como una cosa perfectamente coherente no aceptar cuerpos como el nuestro.

Ana: Pensado así, tal como tú lo planteas, es tremendo… ¿Por qué la gente haría algo así? ¿Por qué aceptaría un modelo de belleza que no conviene a casi nadie, al que solo podríamos pertenecer con muchísima suerte durante una franja muy breve de la vida, y que es además una cosa muy efímera, complicada, difícil, poco saludable, etcétera? ¿Por qué las personas haríamos algo así?

Israel: Es la ley del embudo, que es la representación gráfica de la inmadurez. Aceptamos esa contradicción porque no la confrontamos, porque nuestra moral estética es infantil. Seguimos siendo las criaturas más guapas de mamá, y preservamos el derecho a ser elegidas por la princesa más guapa del reino. Lo normal, cuando confrontamos esta contradicción entre nuestro valor y el valor del mundo, es que renunciemos a nuestro valor porque, si renunciamos al valor del mundo, no habrá lugar en el que objetivar el nuestro. Es decir, perderemos de todos modos, pero ya no habrá lugar en el que volver a jugar.

La polizonía es, además, la resignación al vínculo esquizofrénico de la condición ciudadana desde que la modernidad instauró la igualdad entre todos los seres humanos. Nuestra cultura política no dice que tengamos que luchar por conquistar la igualdad, sino que ya la hemos conquistado y que las instituciones son garantes de ello. En la práctica, sin embargo, nos somete a desigualdades insultantemente evidentes pero indenunciables. Aprendemos a encontrar nuestro lugar en esa lógica en la que tenemos que decir que queremos lo mismo para todas las personas mientras buscamos lo mejor para nosotras. Esta naturalización de la traición la trasladamos a nuestras relaciones personales.

Ana: Creo que existe otra razón: que no hay un proceso de reflexión sobre esa norma. Hay una idea de inevitabilidad de la belleza. Tú estás viendo a las anoréxicas de los noventa y sabes que eso ya no se considera bonito, y a la vez estás pensando que no puedes dejar de considerar preciosa a la modelo de turno de ahora. Son dos cosas contradictorias que coexisten en nuestra conciencia.

Si quiero cambiar esto, ¿cómo podría hacerlo? Tengo que buscar a otras personas que sean como yo y, además, tengo que estar muy atenta porque estos mecanismos están presentes todo el rato. Es cada cosa, cada persona, cada gesto: esto, ¿dónde lo voy a catalogar? Y al final es una pregunta por la moral, que yo creo que es una pregunta que la gente ahora no se está haciendo. No está en Instagram. La moral. ¿Qué es lo bueno? ¿Qué está bien? ¿Qué es lo justo? ¿Qué es bueno para todas? ¿Qué queremos?

Israel: No solo no está en Instagram, sino que, cuando en Instagram hay valoraciones morales, la primera precaución que se toma para que sobrevivan es recordar que no son valoraciones morales. Ese es el passing: “cuidado, que lo que estoy diciendo es relativo”; “cuidado, que lo que estoy diciendo es subjetivo”; “cuidado, que lo que estoy diciendo no pretende imponerse”.

Ana: Escuchamos, pero no juzgamos.

Israel: ¡Escuchamos, pero no juzgamos! ¡Sí! Y eso es consistente con la problematización de la moral en el sujeto consumista, que se tiene que mover mediante impulsos y cree que en esos impulsos, en esos deseos, en esas intuiciones de satisfacción, en esos objetos satisfactorios que va encontrando, está su esencia. Cree que eso es lo que tiene que rescatar y defender frente a toda invasión racional, moralista, etcétera. Cree que lo que lo define es eso que está sintiendo. Sobre todo, y a ser posible, si está reprimido, si no tiene conciencia de ello, si emerge de un lugar previamente vacío que es, en realidad, la construcción consumista del deseo. Si solo consigue sentirlo un poco, entonces eso es verdaderamente lo que tiene que buscar. Es el extravío dentro. Es estar condenado a perderse en uno mismo, en un laberinto que para el mercado es muy barato y muy funcional.

Ese sujeto está buscando siempre qué comprar y qué nueva satisfacción obtener, para lo cual es necesario que horade en busca de un nuevo deseo. Es mucho más fácil convencerlo de que consuma si le hacemos pensar que ese deseo nuevo e incipiente recién descubierto es tan sutil, no porque acabemos de ponerlo ahí mediante una estrategia publicitaria de eficacia muy modesta, sino porque estaba reprimido en el fondo de su ser, y que su liberación va a liberar a la vez todas sus potencias.

Ana: Después de todo este recorrido, me gustaría terminar con una pregunta práctica y también íntima: ¿por dónde se empieza? ¿Qué gestos, qué cambios de mirada o de atención pueden ayudarnos a llevar algo de todo esto a nuestra vida diaria?

Israel: Propongo un ejercicio: reúne a tu colectivo, que puede ser una sola persona. Siéntate en un bar en el que puedas observar con tiempo a otras personas. Elegid a dos o tres y haced una valoración espontánea de su belleza. Después intentad inferir de su aspecto rasgos de su personalidad, de su conducta, de su estilo de vida, y observad cómo esa profundización va modificando tanto la valoración sobre la belleza de cada persona como la sensación de belleza que os produce.

Si queréis llevar el ejercicio más lejos, intentad elegir qué grado de belleza queréis que esas personas tengan para vosotras, y atribuidles las conductas que necesitéis para lograrlo. Por último, si lo pasáis bien y se os queda corto, pensad en cómo las juzgan otras personas presentes, en cómo la mirada de esas otras personas es una fuerza poderosa que tira de vosotras de nuevo hacia la norma, hacia la muchacha bella de Hipias.

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